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El rol de los debates en las campañas electorales

Por estos días las cámaras empresariales y profesionales se han dado a la tarea de organizar debates entre los candidatos presidenciales. Para algunos es muy pronto, y para otros un termómetro de lo fría que está la campaña y la desmotivación del electorado, a juzgar por los seguidores que los ven; ahora bien, son vitrinas que paulatinamente nos van presentando a los ciudadanos la oferta de aspirantes presidenciales.

¿Qué son y qué no son?
Desde mi óptica, pues esta entrada al blog no tiene el afán de sistematizar teoría, los debates son vitrinas desde las cuales podemos ver expuestas las ideas, omisiones, prioridades y hasta habilidades comunicativas verbales y no verbales, de los candidatos.
Al igual que en cualquier transmisión masiva en medios de comunicación o redes sociales, esas vitrinas tienen limitaciones de alcance, logísticas y de profundización. En un debate donde se dan un par de minutos a los candidatos para exponer su propuesta sobre un tema, difícilmente alcancen a profundizar; ahora bien, lo que es imperdonable es que no sepan qué contestar sobre el tópico en cuestión, el desconocimiento ante una consulta, puede ser mortal para el candidato, pues si algo no está permitido, es llegar sin estar preparado para referirse a “cualquier tema”.
La eterna polémica sobre cuántos candidatos deben debatir a la vez, y que se cuestione al organizador por no dar voz a los excluidos, ha incidido en que se hayan realizado en las plataformas de redes sociales, sin costo de transmisión, solo de producción, para hacer exhaustivas en tiempo e integrantes, dichos debates. Ahora bien, considerando los medios de masas, darle voz a quien no tiene la preferencia de los electores, incide en que menos personas lo vean, porque parte de la “magia” de los debates están en la polémica que pueda suscitarse al interpelarse entre los candidatos, que haya emociones en su audiencia y no solo un podio para exponer ideas.

¿Cómo evoluciona la puesta en escena?
Suelen ser los seguidores de las tendencias políticas los que se toman el tiempo de invertir de una a dos horas para seguir un debate. Usualmente es una audiencia que acaba concluyendo el buen o mal desempeño de la candidatura de su preferencia y sus contrincantes.
Al igual que en un escenario teatral se van perfilando los personajes: el nuevo que pela los ojos con cara de asustado y descalifica todo aquel que lleva algún tiempo en la arena política, el que tiene vocación de manifestante y adversar al gobierno de turno y se reconoce eternamente como la oposición, el amañado que lleva varias candidaturas a cuestas y se proyecta cómodo como quien conoce el final, el que tiene posibilidades y evita presentarse o exponerse para no perder adeptos porque un debate en esencia es un foro en que se expone y nunca ha sido el mecanismo para ganar votos, el que llega a darlo todo porque no tiene capital suficiente para darse a conocer mediante la publicidad y es en los debates que las personas reconocen su existencia, y finalmente el que llega a desenmarcarse como “el candidato de gobierno” pues el cambio es la premisa de cualquier elección popular.

Recursos en debates
Quien se ha preparado para debatir debe tener claro su objetivo, y no solo llegar a participar. Identificar el contrincante “peligroso” y plantear las preguntas que lo desencajen o expongan, es imperativo. Por lo anterior, que dicho contrincante no se presente, lejos de perjudicarle le beneficia, porque evita esa vitrina donde los demás se enfocarán en atacarle.
Colocar los mensajes claves también se torna imperativo, autocalificarse o adjetivar sobre los adversarios, pretende etiquetar de cara a la audiencia quién es quién. En este ejercicio suele incurrirse en el gravísimo error de usar la palabra “no” para decirse, no soy esto o aquello, lo cual en el inconsciente colectivo solo logra posicionar el término negativo en vez de tomar distancia sobre este. Otro error es estudiar tanto los mensajes que se lleguen a decir como quien repite un guión aprendido, sin transmitir emociones ni dejar fluir las palabras, más allá de la repetición.

¿Quién ganó el debate?
En algunos formatos se instauran analistas al final que valoran por desempeño quién ganó el debate. Sin embargo, partiendo de la premisa de que quien ve un debate es quien simpatiza con uno u otro candidato y lo que busca es terminar de convencerse, mi parecer es que lo gana aquel o aquella que no perdió a ese elector.
También podría considerarse ganador quien logre que su nombre empiece a mencionarse de boca en boca por cualidades elegibles, pues son tantos los distractores, que ser recordado tras un debate, solo se logra por dos factores, alguna escena memorable que será comentada, o haberse defendido con habilidad oral, y que esa idea, o conjunto de ellas, calen en la memoria colectiva.
Ser tendencia en redes sociales tras un debate no necesariamente es bueno, porque ser nombrado como parte de un circo mediático, contrario al refrán popular de que “hablen de ti, aunque sea mal”, en la arena política no es una táctica que gane votos, que al final de cuentas es el preciado tesoro que se aspira lograr.
Faltan aún muchas fechas, debates, e intercambios previos al desenlace de la contienda electoral, los fiebres seguiremos viéndolos, y los apáticos enterándose por el chiste posterior.
Los leo… ¿los han visto? ¿qué recuerdan? ¿con quién simpatizaron? ¿alguna anécdota de elecciones anteriores?

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