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Pensar hoy dónde queremos vivir mañana

En unos días se cumple un año desde el arribo del primer caso de Covid-19 a Costa Rica; la mayor parte de él lo vivimos aislados socialmente, en calles sin tráfico, centros comerciales vacíos, tiendas y restaurantes cerrados, parques clausurados, lugares de interés para turistas desiertos… Nuestras ciudades y hábitos cambiaron en apenas unos meses de manera profunda e irreversible por miedo al contagio.

En este contexto de crisis sanitaria, las ciudades como ecosistema juegan un papel fundamental. Por un lado, ellas son parte del problema: la aglomeración excesiva de personas en centros urbanos como en los distritos de Pavas, La Uruca, San Sebastián y Hatillo, que concentran el 72% de los habitantes del cantón de San José (1), son un caldo de cultivo inigualable para un virus como el Coronavirus que se transmite por contacto entre personas. También descubrimos atónitos la existencia de decenas de cuarterías en San José centro, a metros de pomposos teatros y finos centros comerciales funcionando sin permisos ni regulación sumándose a la problemática como focos de contagio.

Y es que, según el Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC), el 72,3% de la población nacional vive en áreas urbanas o predominantemente urbanas que abarcan geográficamente tan solo un 2% del territorio nacional (2) y estas, además, están ampliamente interconectadas con otras ciudades, países y continentes. Esta conexión es algo muy conveniente cuando hablamos de cercanía con los grandes centros económicos, comerciales y políticos del mundo, para recibir de inmediato la creatividad e innovación extranjera y para la circulación de personas, pero se convierte en algo muy perjudicial cuando es un virus el que se aprovecha de esta conectividad y viaja por el mundo sin restricciones.

Por otro lado, las ciudades son también una parte importante de la solución como vemos en la investigación “Sistemas nacionales de prevención y atención de desastres en América Latina: un estudio comparado de experiencias de implementación”, de la Red de Estudios Sociales en Prevención de Desastres en América Latina (LA RED). Este estudio -que incluye el caso de Costa Rica- reconoce los factores y procesos en la preparación, mitigación y adaptación a grandes emergencias producidas por fenómenos naturales o coyunturas globales como en el caso del cambio climático o, como el caso que nos atañe, las pandemias. Entre sus conclusiones destaca que los desastres dejan de ser vistos como las grandes emergencias producto de fenómenos naturales imprevisibles sino como el resultado de la combinación de un conjunto de variados factores que son parte de los procesos sociales de los países. Así, un terremoto, una erupción volcánica, una inundación, una sequía o un deslizamiento no son suficientes para producir un desastre sino las construcciones inadecuadas para un medio donde históricamente se han repetido terremotos, los sistemas productivos e infraestructura incompatibles con las características del medio ambiente y la incapacidad de los Estados y sociedades para controlar u orientar estos procesos.

Hablar de sostenibilidad, después de este año pandémico con tanta incertidumbre en el futuro para todos, en medio de una crisis socioeconómica, y además exacerbada por las incipientes campañas preelectorales de algunos candidatos políticos, suena fuera de lugar. Pero, es este aspecto fundamental el que debemos de considerar cuando hablamos de la relación emergencia-ciudad o en este caso específico pandemia-ciudad. Las ciudades sostenibles son también más resilientes, y son capaces de adaptarse con mayor facilidad a circunstancias excepcionales como las que estamos viviendo.

Aquellas ciudades bien planificadas y gestionadas, con una buena gobernanza, con alianzas con otros núcleos urbanos, con organismos internacionales, con el sector privado y con sistemas de salud de calidad, accesible y con personal capacitado, fueron capaces de gestionar mejor la crisis sanitaria. También influyeron otros factores para una buena gestión de crisis como la existencia de comunidades inclusivas, colaborativas, responsables y solidarias, que ayudaron a quien lo necesitaba, que colaboraron entre sí y que respondieron a las directrices contribuyendo a una solución comunitaria, no individualista.

Históricamente, las grandes epidemias han cambiado o influido decisivamente en la forma de organizar la sociedad y entender las ciudades, como núcleos de personas que conviven en un mismo espacio territorial. Un artículo de la BBC (3) ofrece curiosos ejemplos de cómo las pandemias modificaron la arquitectura y vivimos rodeados de las resultantes sin notarlo. Sin lugar a duda, esta pandemia también cambiará la manera que tenemos de organizar y entender nuestras sociedades y ciudades en general. De hecho, los cambios en ámbitos como los sistemas de educación, transporte público, comercio, o salud ya se evidencian.

En este corto tiempo, hemos aprendido muchas cosas: la importancia de los sistemas de información sanitaria de la Caja Costarricense del Seguro Social (CCSS) para una atención eficiente y eficaz de los ciudadanos; la relevancia de la Comisión Nacional de Emergencia (CNE) para la prevención, mitigación y atención de desastres; el teletrabajo como una opción válida para muchos sectores donde la presencialidad no es necesaria; o la relación directa entre la actividad económica y comercial y las emisiones de CO2 como se evidenció en China -las cuales se redujeron en al menos un 25% debido a la caída del consumo de combustibles fósiles como petróleo, gas o carbón, durante el período de confinamiento (4).

Esta pandemia dejará indubitablemente muchas cicatrices en nuestra economía, en nuestra sociedad y en nuestras ciudades, difícilmente subsanables en el corto o mediano plazo. Con la reapertura comercial y el levantamiento de la restricción vehicular sanitaria vemos como las ciudades tienden a regresar a sus antiguos hábitos como por inercia de aglutinamientos en paradas de buses, filas interminables por una promoción o regalía comercial, laxo distanciamiento físico, suciedad en las calles reflejo de una irresponsabilidad compartida, por señalar algunos.

Pero ¿y si aprovechamos este impasse para reflexionar en qué tipo de ciudades queremos vivir y comenzamos a construirlas? Podemos hacer las ciudades del mañana seguras, inclusivas y resilientes para afrontar futuras crisis con las acciones que tomemos hoy. No retornemos automáticamente a la vieja normalidad, donde ya el camino era insostenible y fue lo que nos trajo hasta aquí. ¿Y si visualizamos y proponemos estrategias anticipativas más que reactivas? Ahora puede ser un buen momento.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Cant%C3%B3n_de_San_Jos%C3%A9
(2) https://www.inec.cr/sites/default/files/documetos-biblioteca-virtual/imgmetodologia-indiceurbru.pdf
(3) https://www.bbc.com/mundo/noticias-52314537
(4) https://www.compromisoempresarial.com/coronavirus/2020/04/inesperados-beneficios-coronavirus-medio-ambiente/

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